Siempre que hay una acción, para mantener
el balance, se origina una reacción, una fuerza, un movimiento de naturaleza complementaria
o contraria. Así funciona el universo y así funcionan las parejas.
Estos
movimientos y reacciones, se asemejan a pasos de danzas que las parejas repiten,
sin necesariamente estar ellos conscientes. Desde la primera acción de uno, el
otro se siente obligado a dar el paso adecuado, el correspondiente. Así se
inicia la secuencia, turno tras turno, pasos iguales a las veces anteriores, no
importa cuanto tiempo haya pasado desde la última. Lo mismo pasa en la
secuencia final, todas las danzas concluyen con el mismo desenlace. Después el consabido
aguardar la próxima vez y prepararse
para el momento de reiniciar, el mismo, irresistible ritual.
Así
sucede entre Marta y Mario. Uno de ellos habla y el otro no conecta. Quizá
porque lo hace en un tono demasiado bajo, muy rápido, muy despacio, con
palabras diferentes o algún otro motivo. El resultado es el mismo: el otro no
oye, no alcanza entender… o no quiere oír… y reacciona; En un par de intercambios… ya están bailando!
Vean
si no: Una vez estaban poniendo la mesa para almorzar. Mario sacó la fuente de
barro del horno y usando un guante aislante la puso sobre un disco de madera y
la transporto cuidadosamente al comedor. Al entrar, se cruzó con Marta y le dijo
que tuviera cuidado, que “están que pelan”. Cuando se sentaron a la mesa, lo
primero que Marta hizo fue levantar la tapa de la fuente sin usar ninguna
protección. Los dedos se le quedaron pegados a la manija. Largó un gran alarido.
El agua fría y la novocaína no fueron suficientes para aliviar su dolor ni evitar
que se le formen ampollas. Empezó a maldecir a Mario por no avisarle que la
fuente y la tapa estaban tan calientes, él lo negó y fue negando cada vez y ella
continuó reprochándole por meses y meses…
Otra
vez estaban yendo a cenar al restaurante del barrio. Marta manejaba. Estacionó
el auto frente al restaurante, en la mano izquierda de la calle. Le avisó a
Mario que no se bajara todavía, que venía una camioneta roja. El, abstraído, abrió
la puerta de un golpe. Tuvo suerte de que sólo fue la puerta y no él, la que
quedo tirada en el pavimento. Mario, todavía en shock le gritó a Marta que todo
pasó por su culpa. No fueron a cenar. Seis meses más tarde él sigue recriminándola
por estacionar en la vereda izquierda de la calle, por no avisarle que venía
tráfico y por el costo de reparar el auto. Cada vez él, la refuta, airado.
Como
por designio, continúan así, sin cambiar de actitud, jugando los mismos juegos,
bailando las mismas danzas, propiedad de la pareja.
Son
las ocho de la mañana, Marta se despierta y mira el reloj. Empuja a Mario para
despertarlo. El gruñe y antes de abrir los ojos escucha una voz estridente, con
mal aliento, diciéndole:
─
¡Otra vez te olvidaste de poner el despertador! ¡Levantate! Siempre lo mismo
con vos, ¡¿Será posible ché?!
El
se sienta en la cama y la mira con ojos llenos de furia. Abre la boca como para
decir algo y la cierra sin decir nada. Sale de la cama y camina a tientas.
─
¡Apurate! Tomá una ducha rápida que te caliento el café, movete que los minutos
pasan, no tenés más tiempo. ¡Dale!
Mario,
en vez de dirigirse al baño; se viste. Después saca una valija del placard y la
empieza a llenar con ropa. Una vez que no cabe nada más, la toma y comienza a
bajar las escaleras.
─
¿Ya terminaste de bañarte? ¡Como puede ser que ya estés vestido! ¿Qué hacés con
esa valija? ¿Estás loco?
El
sigue bajando, deja la valija cerca de la puerta y va hacia la cocina. Toma un sorbo
del café que ella le había preparado y con gesto de asco lo escupe en la pileta
y vuelve hacia la puerta de entrada.
─ ¿¡Que te pasa ché, que carajo te pasa ahora?!
Hablame, decime. No me digas que vas a hacer la misma escena otra vez…
Mario
tiene una expresión fría en sus ojos, las cejas fruncidas, la comisura derecha
de su boca torcida hacia abajo. Se acerca a la puerta y da vuelta a la llave,
levanta la valija, baja el picaporte, la abre, sale y antes de poder cerrarla, escucha:
─
¡Andate, miserable! ¡No vuelvas más!
Ella se queda allí, con los brazos en
cabestrillo y los ojos fijos en la puerta. Tiene los dientes apretados. Oye el
ruido del auto que arranca, sigue así por un rato y después se aleja.
Es la mañana siguiente, son las siete. En la mesa hay
un desayuno de jugo de naranjas, huevos revueltos no muy firmes, dos lonjas de
tocino crocantes, tostadas de pan de centeno, recién hechas y una cafetera
llena del brebaje colombiano que a él tanto le gusta. Marta viste un deshabillé
casi transparente. Se oye llegar el auto, el girar de la llave en la cerradura,
el bajar del picaporte y el roce de la puerta que se abre…
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